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Acercándonos a 'Dju-Dju'... Estreno absoluto en la Bienal de Flamenco de Sevilla


El próximo 26 de septiembre, en el marco de la Bienal de Flamenco de Sevilla, se estrena 'Dju-Dju', un espectáculo de Israel Galván para Isbael Bayón. El artista Pedro G. Romero nos da las claves para acercarnos a este nuevo montaje donde flamenco y superstición van de la mano.

A partir de una idea de los bailaores Isabel Bayón e Israel Galván, ambos Premios Nacionales de Danza, el sevillano dirige y coreografía por primera vez a Bayón en el espectáculo 'Dju-Dju', estreno absoluto de la Bienal de Flamenco de Sevilla, sobre el escenario del Teatro de la Maestranza. El artista Pedro G. Romero,  ligado a la figura del bailaor y coreógrafo sevillano, nos acerca las claves de este montaje donde lo fantasmagórico se entrelaza con las supersticiones a ritmo y compás flamencos:

 

"Desde la aparición de los gitanos en la cultura europea, lo sobrenatural les acompaña. La cartomancia, por ejemplo, la adivinación del futuro, fue uno de sus recursos económicos más inmediatos. Ellos, los gitanos, que no tenían culturalmente una noción de futuro, se decidieron a explotar comercialmente lo que parecía un recurso energético de la civilización europea y cristiana. Y, en fin, desde entonces lo mágico y lo gitano se conjugaron juntos. Distintas formas de brujería, por ejemplo, que la cristiandad expulsaba de la normatividad social fueron a parar a los carromatos de las gitanas, extramuros de la ciudad. Es en Transilvania donde esa mitología se hace universal. Los gitanos aparecen continuamente en las novelas decimonónicas, en cientos de historias de vampiros lejanamente basadas en el Drácula original, o en esa escena genial de Frankenstein en la que el monstruo comparte con los ‘roma’ una fogata en el frío de la noche, sin extrañarse de su aspecto monstruoso. Antes que el dju-dju o el vudú -hijos directos de la explotación colonial en Centroáfrica o en el Caribe- encarnaran el miedo hacia lo extraño, los gitanos encarnaban ese lado maldito.

Y por supuesto que los gitanos llevaron también estos miedos al flamenco. Vicente Escudero confundió los elogios de André Levinson hacia los ‘danceuses de terroir’ (bailarines del país) como alabanza de unos inciertos “bailaores terroríficos”. Es curioso que apenas se haga notar este hecho y más cuando tenemos historias cruciales como la Pantomima Flamenca de “El Amor Brujo” -los fantasmas, la danza del terror, el espectro- que Manuel de Falla escribiera para Pastora Imperio o “Superstición Andaluza”, un film pionero del género fantástico realizado por Segundo de Chomón en 1912. Los miedos, las supersticiones, los gafes intentaron ser exorcizados por el Federico García Lorca que teoriza sobre el duende, pero no puede escaparse la naturaleza mágica -de origen celta, pues, Washintong Irving, por ejemplo, mezcló la mitología nórdica con la árabe en sus famosos y universales “Cuentos de la Alhambra”- de dicho concepto. El duende son también los duendes.

Y el mengue, una suerte de diablillo mágico gitano, poblaba las letras del flamenco finisecular. En realidad, las campañas de legitimación del flamenco, las lecturas positivistas de los intelectuales, los complejos civilizadores ante el mundo inquietante de lo subalterno, nos han dejado una visión higiénica del flamenco que apenas se corresponde con la realidad. Todo aficionado lo sabe bien. Lo mágico sigue siendo un elemento constituyente en los modos de hacer flamenco.

Y es en ese mundo pantanoso en el que Isabel Bayón e Israel Galván van a perderse. Lo inquietante, lo mágico, las supersticiones, los gafes, las manías, las palabras que no pueden nombrarse, los amuletos, los ritos mágicos y los rituales cotidianos. Todo lo inasible, lo que no puede cogerse con las manos. Pues si, la empresa no parece fácil, hacer que se vea lo invisible.

El Carlos Marx de “El carácter fetichista de la mercancía y sus secreto” proponía una imagen mágica para entender la plusvalía: los muebles que, con esfuerzo, había construido el carpintero se ponían a bailar. Marx daba también a los gitanos -¡ah! ¡Y a los españoles!- un papel negativo en estas cuestiones de producción cultural. Los situaba en el lado siniestro, un reverso perverso de nuestro imaginario cultural. El caso es que los flamencos, los gitanos, los roma ya sabían del carácter mágico de nuestra economía material mucho antes que el propio Marx. No es raro que el Vudú sea la única fórmula a la que muchos activistas recurran para luchar contra el capitalismo.
Lo que quiero decir con este interludio materialista es que en “Dju-Dju” no se habla de cosas remotas ni esotéricas. Lo mágico esta muy presente en nuestras vidas, sigue fundamentándola más allá de creencias religiosas o explicaciones científicas. Como decía Wittgenstein, es un error pensar que lo mágico se corresponde con un estado primitivo de la humanidad cuando en todo proceso cognitivo, incluso en las matemáticas o en la cibernética, sigue teniendo una función principal.

Se trata entonces de saber por qué apretamos nuestras barrigas cuando llega un mal presentimiento, por qué juramos con vehemencia ante un desafío, por qué llevamos nuestros bolsillos llenos de monedas y piedrecitas como si de esto dependiera nuestra suerte. Todo lo que hacemos a diario sin reflexionar y ante lo que nos paramos con miedo. La electricidad que recorre nuestro cuerpo cuando extrañamos. Malos presentimientos. Mal de ojo. El mal fario. La bají. El mal bajío. Miedo. Aprehensión. Asco. El dju-dju.

 

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Imágenes: Juan Flores Mulero.

Tags: Israel Galván, Danza, Flamenco, Sevilla, Bienal de Flamenco de Sevilla, Teatro de la Maestranza, IsabelBayón

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